Huir de la fatalidad

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Se multiplican las iniciativas relacionadas con las transformaciones que, en el ámbito del funcionamiento de las Administraciones públicas, se están produciendo como consecuencia del virus maligno que todo lo trastoca y no para bien.  El envío de miles de funcionarios a casa para trabajar en el frío y seco diálogo con su ordenador personal está planteando problemas de utilización de las oficinas, ahora vacías u ocupadas por muy pocas personas pero que siguen gastando luz, calefacción, limpieza etc. Se están produciendo encuestas para conocer si estos trabajadores están satisfechos con su nueva situación o, por el contrario, la rechazan. En Alemania la complacencia se ha demostrado elevada aunque, al mismo tiempo, se pone de manifiesto el aislamiento que supone, la falta de comunicación directa con compañeros y superiores, con el consecuente deterioro del diálogo y del intercambio de pareceres “cercanos”.

Pienso en la relación con el ciudadano al que en definitiva se sirve. Y pienso en ello con amargura porque ya sabemos cuál es la experiencia de la comunicación telefónica con las oficinas: esa broma de oír la voz enlatada que remite a marcar un número, después otro y así sucesivamente sin conseguir jamás oír la voz natural de una persona de carne y hueso es lacerante para todos, especialmente para los ciudadanos más desvalidos (por mayores, por enfermos etc).

La epidemia ha acelerado este proceso de “deshumanización” que no creo ayude a mejorar la imagen que los ciudadanos tienen de las Administraciones públicas.

De otro lado, se suceden los proyectos cuyo eje son las ciudades, el urbanismo y la construcción. Hace un mes hemos tenido ocasión de escuchar a la comisaria europea competente en materia de innovaciones, la señora Mariya Gabriel, presentar a la opinión pública lo que ha llamado “Nuevo estilo de casa europeo”. Sería la moderna “Bauhaus”, expresión que ha trascendido de la lengua alemana al ser la muy conocida Escuela de arquitectura, urbanismo y diseño que se fundó en Weimar al terminar la Primera Guerra Mundial por Walter Gropius. Este artista – que, por cierto, estuvo casado con esa “femme fatale” que fue Alma Mahler y sufrió después la persecución nazi- ideó una nueva forma de construcción basada en cubiertas planas, superficies acristaladas, formas ortogonales, ideas todas ellas que fueron heraldo de una revolución en la arquitectura.

Hoy se ha querido retomar esa expresión de la “Bauhaus” adjetivada como “europea” para integrar los nuevos componentes ecológicos, sociales, tecnológicos y sanitarios y para ello se ha convocado a expresar sus ideas a artistas, ingenieros y científicos. Todos ellos deben colaborar en definir cómo debe ser la nueva vivienda. Este asunto es interesante en sí y, además, porque ya ha levantado alguna polémica, bien tintada – como no podía ser menos- de ideas, o de prejuicios, políticos.

También hace poco los ministros de la Unión europea competentes en materia de urbanismo y vivienda se han reunido para inyectar nuevas perspectivas a la famosa “Carta de Leipzig de las ciudades sostenibles” que, como se sabe, lleva fecha de 2007.

Se trata de reaccionar a los desafíos que plantean el cambio climático, la escasez de recursos, las pérdidas en términos de biodiversidad, más la transformación económica y la demográfica con las que hemos de lidiar. Ponen el acento los ministros en la planificación municipal, en la prestación de servicios públicos y en la participación ciudadana.

El documento, redactado por expertos, es valioso pero, a mi entender, incurre en un exceso de esa palabrería que está más gastada que los guijarros de un río antiguo y caudaloso. Me refiero a las de eficiencia energética, neutralidad climática, sostenibilidad que, a fuerza de emplearlas, vengan o no a cuento, pierden su prestigio y su fuerza de convicción.

Con todo, es evidente que la Carta de Leipzig debe ser remozada. Leipzig es, como se sabe, ciudad vinculada al cambio climático desde al menos la Declaración de 1995.

A mi juicio, todo lo que sea analizar lo que nos rodea con los ojos claros, todo lo que sea abrir nuevas rutas o renovar las existentes debe ser saludado con simpatía y optimismo.

Pues es imperativo que la sociedad huya de la fatalidad a la hora de contemplar nuestra civilización y de tratar con su legado ya que no podemos huir individualmente de la fatalidad biológica. 

4 Comentarios

  1. Me encanta esa conclusión:

    «todo lo que sea analizar lo que nos rodea con los ojos claros, todo lo que sea abrir nuevas rutas o renovar las existentes debe ser saludado con simpatía y optimismo.»

    Creo que lo podríamos aplicar a …todos los aspectos de la vida y las cosas seguro que nos irían mejor a todos.

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