Libertad y mandato imperativo

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Libertad y mandato imperativo

Asistimos estos días en nuestro Parlamento a la actividad frenética típica de quien tiene mucho que hacer y ve que no le da tiempo. Los Señores Diputados ultiman sus tareas antes de irse de vacaciones y de hecho, antes de fin de año suelen salir varias leyes, el BOE de los tres días finales del año suele venir ‘cargado’.

Si bien siempre me ha parecido que si bien el sistema parlamentario es teóricamente el súmmum de la democracia y que tiene sus ventajas ya que permite establecer un sistema organizado en el que unos hablan y otros escuchan, creo que en el fondo el sistema hace que todo está demasiado controlado la nomenklatura o la oligarquía de cada partido.

Al final en la realidad, el ‘aparato’ lo decide todo aunque no haya partido que no desee hacernos creer que tiene un funcionamiento democrático, cuando esa afirmación no es más que una veleidad, es lo más alejado de la realidad. Ya lo decía un conocido político que todos tenemos en el recuerdo: el que se mueve no sale en la foto. Estamos ahora a menos de tres meses de las elecciones generales, así que es un momento crucial. Los jefes de la cosa, deciden quién va en la lista, quién está en una posición determinada para salir o no, cuáles son las iniciativas a impulsar y qué es lo que se hace en cada momento. Es cierto que las grandes organizaciones, para que funcionen, deben tener cierto funcionamiento jerárquico pero habría que establecer algún tipo de mecanismo corrector.

Todo esto viene a que causa cierto rubor, o al menos debería causarlo, ver el funcionamiento real del Parlamento y recordar que nuestra Constitución proscribe en el art. 67 que los miembros de las Cortes Generales estén ligados por mandato imperativo. Se podrá decir que un diputado es libre de decir o votar lo que crea oportuno según su criterio en las Cortes, claro, pero al mismo tiempo que se puede decir, uno se lo puede, abiertamente, no creer en absoluto. Los propios Grupos Parlamentarios tratan de mantener la disciplina y “multan” a los diputados que se equivocan al votar, parece ser que para que estén atentos.

Así que causa cierta tristeza ir a votar como ciudadano, no por el hecho de hacerlo, que es una sanísima conducta democrática sino por ver cómo en realidad se hace uso del voto depositado. Nos piden nuestra opinión cada cuatro años y todos nos queremos creer que vivimos en un país paradigma de libertades. Pero en realidad ni siquiera sabemos a quién lo hacemos, al menos en las listas cerradas a las Cortes. Si se hiciera una encuesta seria y general preguntando a los ciudadanos para que anotaran en una lista el nombre de dos o tres diputados que iban en la lista electoral de su circunscripción ahora que termina la legislatura, nos sorprenderían seguramente los resultados (es posible que por eso no se pregunte, para no oír). Porque el representante que salió elegido por tu provincia quizás siquiera ha nacido ni vivido nunca en ella y probablemente no ha estado más que un par de veces, le dejas en el centro de la ciudad solo y probablemente se perdería. Asistimos en este momento de elaboración de listas, a la ceremonia de la “colocación”. Ya lo decían nuestras abuelas: “mi nieto está muy bien colocado”, haciendo alusión a que había logrado un buen puesto de trabajo, había logrado una posición en la vida. Estrategia: un partido quiere arrebatar la hegemonía a otro en determinada provincia y “coloca” como cabecera de lista a un diputado famoso, no por su especial cualificación, oratoria, ideas o carisma, sino porque es uno de esos que salen a menudo en la prensa y la tele. Es como cuando se pretende vender un producto que anuncian mucho en televisión y ponen en el envoltorio, como una cualidad a tener muy en cuenta, la leyenda “anunciado en TV”. Eso parece ser razón suficiente para que el  ciudadano lo compre. No se valora si es bueno, útil o malo, sólo se valora si es conocido (igual es por eso que dice el refrán: “más vale malo conocido…”.

Ese diputado que nadie conoce, ni siquiera probablemente ha hablado nunca en el Parlamento. Recuerdo que en una ocasión -no sé si se sigue haciendo- se dio un premio al diputado menos locuaz, quizás es que era muy discreto; en aquella ocasión se lo dieron a uno de ellos que en sus cuatro años parlamentarios que terminaban no había intervenido en público ni una sola vez, no está mal. La función de estos diputados, parece que es básicamente “hacer bulto” y votar cuando toca. Me parece ver la escena por los pasillos del Congreso: el Diputado Anónimo pregunta al jefe del grupo o al correveidile del jefe del grupo: “oye, ¿qué hay que votar ahora?”. Y le dicen si sí o si no, o si se debe abstener. Probablemente no sabe ni de qué va la ley, ni siquiera la ha leído. Lo importante es que esté en la sala en el momento en que hay que darle al botón, o sea, el hacer número, hacer bulto. De hecho, salvo que el debate parlamentario sea muy importante mediáticamente y vaya a salir en la tele, ni siquiera muchas veces está presente en los debates. Hay un timbre que llama al personal cuando se acerca el inicio del debate y gente encargada de que los diputados estén en su sitio para la votación, mientras tanto, que vayan hablando.

En definitiva estamos en un sistema que adolece en mi opinión de una cierta falta de representatividad, el diputado “no se curra” en absoluto la defensa de los intereses de sus votantes. Ese diputado, al mismo tiempo que representa una idea política o una forma de ver la vida, debería verdaderamente representar también a un territorio, al menos al que le ha votado. Tras treinta años de democracia formal, estamos (¿o no?) lo suficientemente maduros como para exigir a nuestros representantes un poco de responsabilidad. A veces, evidentemente, los partidos representan intereses distintos en un territorio o en otro, es muy difícil que siempre coincidan los de uno y otro en nuestro Estado tan sumamente descentralizado ¿No se debería optar nuestro diputado por defender a aquél que fue quien le votó? Es probablemente la hora de examinar los modelos de otros países, no aventuraré cuáles en este momento, para hacer examen de conciencia e ir hacia formas más auténticamente democráticas. No sea que de repente ocurra verdaderamente la historia que cuenta el cáustico José Saramago en su novela “Ensayo sobre la lucidez” y nos sorprendamos con que apenas nadie vaya a votar. Aplicable por supuesto al sistema electoral autonómico y al local, al menos de medianas y grandes corporaciones. Los intereses de cada una de las provincias que componen una autonomía no siempre coinciden y sabemos de concejales de grandes ciudades cuya labor más importante es levantar la mano ‘cuando toca’.

Puestos a mantener el sistema actual, abogaría porque al menos en vez de 350 diputados en el Parlamento, nos planteásemos no tener más allá 30 ó 40, saldría más barato. No habría más que establecer un sistema de voto ponderado. Total, si son siempre los mismos los que planifican hablan y deciden, al menos ahorraríamos una buena suma.

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Ignacio Pérez Sarrión es Licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia en el año 1980 y Funcionario con Habilitación de carácter Estatal, perteneciente a las subescales de Secretaría-Intervención y Secretaría de Categoría Superior. Actualmente ejerce en el Ayuntamiento de Torres de Berrellén (Zaragoza).

1 Comentario

  1. Pues sí, ya que no tenemos democracia, al menos ahorrémonos salarios inútiles. Con un diputado por partido en el Congreso nos sobra. Y el Senado lo liquidamos, naturalmente.
    Pero claro, no caerá esa breva, ¿de qué vivirían los diputados y senadores sobrantes? Los pobres, si lo único que saben hacer es darle al botón que les indica su jefe. Además, hay tanto familiar, amigo, conocido a quién enchufar…

    Buen artículo.

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