Más ruido

Hace poco se pudo leer en la prensa y ver y escuchar en los telediarios la noticia de una familia de un pueblo de Salamanca que había logrado amparo ante los tribunales por el incumplimiento de la normativa sobre ruido, o, por mejor decir, amparo ante la total pasividad del consistorio correspondiente en la aplicación de las normas. Reconozco que al principio la noticia  me pareció un triunfo de eso que todos llamamos “estado de derecho”, es decir, el acatamiento de las normas por todos los ciudadanos pero también por todos los poderes del estado. Pero, desarrollada la noticia tanto en prensa como en TV, ésta continuaba con el relato de que esa familia había logrado que la jurisdicción contenciosa le diera la razón tras más de dos años de litigio, obligando al Ayuntamiento a que hiciera respetar la normativa sobre el ruido y, además, indemnizar a los recurrentes por unos daños que no habían estado obligados a soportar. Elemental. Estábamos ante unas personas que vivían en un piso encima de una de las zonas de bares y botellón y viernes y sábado no podían dormir en toda la noche. Desconozco los detalles.

Si hiciésemos una valoración rápida, consideraríamos que ha triunfado el derecho, vivimos en un país civilizado en el que impera el cumplimiento de las leyes. Ya lo dice el principio latino fiat iustitia et pereat mundus. Já. Al día siguiente se informaba que se había puesto en marcha un ‘espontáneo’ movimiento ciudadano y se convocaba, para el viernes siguiente una concentración de indignados botelloneros o botellonistas en la puerta del osado ciudadano con un botellón aun mayor. A la consigna del recurrente pensamiento de te vas a enterar ahora de lo que es dormir, los jóvenes (ciudadanos) pensaron que vaya desfachatez, un ciudadano insolidario que se había atrevido a pedir que se respetase su derecho al descanso en contra del sacrosanto derecho a la juerga y encima incrementaba el gasto público con su petición de indemnización. Los chavales tienen derecho a divertirse. Que venga Lope de Vega, Fuenteovejuna otra vez.

Ante el cariz de los acontecimientos y existiendo carnaza informativa o quizás otras noticias menos interesantes, al día siguiente la televisión entrevistaba al asustado ciudadano que, pese a todo, se mantenía en sus trece, no sin colocarse a él mismo y a su familia en un claro riesgo psiquiátrico. Carne de psicoanalista y de nervocalm grageas. También se entrevistaba al Sr. Alcalde de la localidad, el cual declaraba que recurrirían la sentencia, acatando sin embargo lo que los tribunales decretasen, aunque sin duda suponía un descalabro económico para el Ayuntamiento. Pero además que, desgraciadamente, ante la concentración que se avecinaba, la policía local era insuficiente y, consiguientemente, el Ayuntamiento carecía de medios para evitar esas concentraciones (el mensaje subyacente podía ser que debido a ciudadanos tan puntillosos el consistorio se veía en aprietos económicos, o, lo que es lo mismo, ese coste lo debía soportar económicamente con sus impuestos el resto de los ciudadanos). A mí me recordaba aquella entrevista a la sonrisa de la Gioconda, sonaba más falso que un billete de un euro. Al escasamente preparado periodista televisivo, probablemente un voluntarioso becario, no se le ocurrió preguntar al edil si iba a pedir colaboración o ayuda al Subdelegado del Gobierno.

Concluida la noticia puede uno sacar conclusiones distintas según en qué posición defiendas:

1. Si te alineas en el bando de los botelloneros, éstos han obtenido un triunfo, ¿norma?, sí. ¿sentencia?, sí. Pero seguimos con la juerga, el botellón y además vamos a por el insolidario ciudadano que se ha atrevido a intentar que no nos divirtamos a base de efluvios etílicos y los consiguientes y tradicionales Asturias patria querida. Se va a enterar.
2. Si te alineas en la posición del Alcalde, probablemente éste actuará según le dicte su conciencia, que seguramente estará bastante influenciada por la posible pérdida de popularidad, o sea, votos. Probablemente los chavales botelloneros, nueva savia electoral, con esa natural tendencia a la simplificación, tacharían de autoritario por no decir fascista a cualquier Alcalde que no vele por su derecho a la diversión aunque implique necesariamente molestar a los demás en el momento, lugar y circunstancia que le parezca a cada uno. El Alcalde tranquiliza su conciencia con un qué le vamos a hacer, no tenemos medios.
3. Desde el punto de vista del desgraciado ciudadano que obtiene el amparo judicial y el rechazo social y político probablemente sólo le queda la opción de abonarse a un igualatorio psiquiátrico que le facilite medicación y terapia psicoanalítica o conductista adecuada, o bien emigrar a cualquier país tercermundista que, probablemente, es más civilizado.

De todos es sabido que España es el país más ruidoso de Europa, eso dicen las estadísticas. Y también, posiblemente aunque lo desconozco, uno de los más hipernormativos. Tenemos normas para todo, leyes del Estado y de las Comunidades Autónomas, reales decretos, órdenes y un largo etcétera. Pero no deja de ser cierto también que es imperativamente urgente, desde todas las instancias, hacer un serio esfuerzo en respetar y hacer respetar las normas, que la aplicación de la norma no quede al albur de la momentánea opinión o interés del que está obligado a aplicarla, como por otra parte, suele ocurrir. En mi criterio, es necesario que se produzca  un cambio de mentalidad que se logrará desde la educación, la honradez y con la aplicación de principios éticos básicos. Se hacen en nuestra literatura jurídica muchas referencias al estudio de las normas pero una muy escasa referencia a su aplicación y a los resultados de esa aplicación. En este estudio (resultado de las normas y de su aplicación) deberían colaborar más otras disciplinas como la sociología y la psicología además de la jurídica Desde mi punto de vista, es el elemento-base para poder presumir de vivir realmente en un estado de derecho, no sólo la existencia de la norma sino la aplicación efectiva de la misma. En mi localidad hay un dicho entre la gente para indicar la discrecionalidad de la aplicación de la norma que acaba convirtiéndose en arbitrariedad: “es como el Bando de [el municipio de al lado…], se denunciará según…”

2 Comentarios

  1. Bueno, yo soy uno de esos jóvenes que no desperdicia ocasión de irse a un buen botellón (ya que mis amigos allí suelen acudir), sin necesidad de beber (por convicción).

    Tengo que reconocer que el botellón es un mal no necesario, derivado generalmente de unos precios abusivos de los locales de marcha y fiesta (¿14 Euros por un cubata? Y una pu a mierda), y que si este se ubicase en zonas donde no se molestase a los vecinos, y si los participantes mostrasen cierto civismo recogiendo las basuras que dejan, no habría más problema.

    Y con un poco más de educación en casa y la escuela, claro está.

    En este caso, apoyo al vecino, ya que si los botelloneros tuviesen que sufrir esto en sus carnes también se quejarían (o, bueno, tal vez bajasen a echar unos tragos y sumarse a la marcha).

  2. Botellón sí, drogas sí, fornicación en la calle también; pero sin vulnerar ni un solo derecho ciudadano de los demás, ya sea al descanso, a la salud, a la libre circulación de las personas, a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, a disfrutar de una vivienda digna y adecuada, a la intimidad personal y familiar o a la inviolabilidad del domicilio (en mi opinión y en la de alguna jurisprudencia, el ruido también puede lesionar los dos últimos derechos fundamentales mencionados); y desde luego sanción para cualquier destrozo de mobiliario urbano, infracción ambiental o en materia de residuos, etc.
    Nada de ordenanzas municipales y leyes autonómicas específicas para reprimir maneras de vivir o maneras de entender o no entender el ocio, nada de babosería biempensante y “políticamente correcta”, nada de moralina pseudometafísica, sino aplicación estricta y rigurosa de normas ambientales a todos por igual, para proteger efectivamente los bienes jurídicos indicados. Incluso se podría llegar a la instalación de cámaras en las zonas en cuestión y a la identificación previa de todos los que van a participar en el botellón y/o acceden a una determinada zona, para luego poder depurar facilmenter las infracciones que se cometan; y que nadie me diga que eso quita espontaneidad a la juerga, porque una cosa es divertirse y otra cosa es cometer infracciones que dañan a los demás y/o a los bienes colectivos.

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