Subvenciones

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Suscrito a los servicios de Boletines electrónicos de esPublico, además de leer con la regularidad que me permite el día a día los BOEs BOAS y BOPs, recibo el resumen de las convocatorias de diversas ayudas que se publican en esta ocasión en el BOA de 15 de octubre. Así contando por encima –es probable que me haya descontado al subir y bajar la pantalla con el cursor- me salen 55 convocatorias del más variopinto cariz, pelaje y condición, y no me puedo resistir a lanzar un comentario de urgencia con el objeto de abrir debate y ver también qué opina el personal. Departamentos que convocan: Agricultura, Obras Públicas, Industria, Educación, Vicepresidencia, Educación, Ciencia y Tecnología y Servicios Sociales. Dirigidos a todo tipo de colectivos: entidades locales, asociaciones de agricultores, estudiantes, agricultores individuales, PYMES, familias y qué sé yo cuántos más. Y para todo tipo de actividades, todas ellas muy loables seguramente. Todos los fines, públicos. Todo un estado hipersocial.

La cultura de la subvención se ha convertido en la razón de ser de administraciones, departamentos, funcionarios y una tarea política de muy dudosa comprensión y acción las más de las veces.

Siempre es igual. Debate entre libertad individual e intervención pública. Entre responsabilidad individual y estado protector. La Administración metiendo mano hasta el límite. Cuando estudiábamos derecho administrativo nos explicaban las tres formas de acción administrativa: intervención, servicio y fomento; evidentemente las subvenciones forman parte de ese tercer aspecto, que se suponía que era el menor de todos. Resultaba un aspecto residual. Los poderes públicos favoreciendo mediante incentivos –casi siempre económicos- aspectos que considera importantes dentro del ámbito de las competencias públicas.

Viene todo esto a que en un pequeño Ayuntamiento se debe desplegar una especial energía diaria en estar atento a todas aquellas subvenciones que pudieran encajar con una vaga idea que tenga el equipo de gobierno. Ya se sabe, semos probes y vamos a todas. Todo de lo más variopinto. Deplorablemente, una gran parte de la jornada del Secretario-Interventor consiste en leer boletines a ver quién da qué, en qué condiciones, en qué plazo, para ver si nos puede venir bien (en estos momentos lo que venga al cien por cien nos suele venir bien, si hay que poner algo, hay que dejarlo pasar). Y una vez tramitadas las solicitudes en la que se escribe literatura a peso que nadie leerá (memorias, etc), completar las correspondientes documentaciones y ejecutar las acciones en las condiciones que desean los amables ayudadores. Y cómo no, justificar finalmente las acciones con más memorias de cumplimientos de finalidades, declaraciones de no ser deudores, de que nadie más nos paga otras subvenciones para lo mismo y de no ser responsables del infeliz óbito de Manolete. Y, dependiendo de la institución, más papeles o menos. Desde instituciones que medio se fían de los Secretarios e Interventores hasta otras que eso, ni en broma. El paradigma de la ineficiencia y la desconfianza son los institutos de empleo: cada expediente anual que se desarrolla en la convocatoria a la que se concurre puede generar -para un trabajador que se contrate en el programa- varias decenas de folios. Pero lo más triste es que no sólo hay que hacer las declaraciones habituales de todas las subvenciones. Además hay que enviar nóminas y documentos de cotización originales para que pongan el sello de que se ha utilizado para la subvención. Pero no para ahí la cosa, además del certificado del Secretario-Interventor (que debería ser suficiente), hay que enviar la nómina firmada y, rizando el rizo de la desconfianza, el documento bancario de ingreso de la nómina y la seguridad social a través de la entidad bancaria correspondiente, no vaya a ser que eso de la nómina sea un paripé. O sea, una confianza ciega de lo que se hace en los Ayuntamientos. Y todo el personal habilitado con el que se hable anda de lo más indignado, pero como me dijo un funcionario-concedente una vez: eso es lo que hay y las condiciones las ponemos nosotros así que si quieres bien y si no…. Me pregunto si no es mucho más útil (yo estoy convencido que sí) que sean ellos mismos quienes contraten y paguen directamente a los desempleados del programa.

Constato de todo ello varias cosas:

  1. Que los Ayuntamientos somos pobres y somos clientes de un sistema que nadie quiere arreglar.
  2. Que somos absolutamente ineficientes, ya que la cantidad de esfuerzos que usamos los funcionarios-concedentes y los funcionarios-concesionarios es tremenda, tanto por el número de personas que intervienen como por la tramitación kafkiana de algunos expedientes subvencionales.
  3. Que una empresa, una persona, un ayuntamiento o un país no se les saca de su situación a base de cientos de subvenciones existentes, que en todo caso, pueden solucionar un problema puntual, sino basándose en organización, ideas, trabajo en lo que importa y no en lo formal, en establecer ingresos estables, en incentivar la responsabilidad de los gestores, en el gasto medido y en el ingreso meditado y en algunas ocasiones, simplemente, removiendo obstáculos para que el que va a realizar una actividad, la pueda hacer sin dificultades.

3 Comentarios

  1. Efectivamente querido amigo, has dado con uno de los principales problemas de nuestra sociedad del «biensubvencionar».

    El ciudadano, con suerte, recibe, vía subvención, 1/3 de lo que se le saca vía impuestos, el resto, suponiendo corrupción cero, -(que es mucho suponer)-, se despilfarra por el camino entre el tremendo esfuerzo «burrocrático» de las administraciones subvencionadoras y el de las subvencionadas.

    En fin, un sistema parasitario que ya está acabando con la economía productiva en España.

    Dios nos coja confesados! (o no).

    Saludos cordiales.

    Ramón Rodríguez Viñals

  2. El artículo de Ignacio me ha recordado alguno de Larra, en que se describía con ironía difícilmente superable, el «funcionamiento» de la Administración decimonónica española que no era sino el reflejo de una sociedad decadente, anacrónica, retorcida, ineficaz, instalada en la pereza y en las fruslerías. Concretamente, recuerdo un texto de Larra en el que un industrial francés, amigo del autor, llegaba a Madrid interesado en montar una empresa, y tras varios meses de luchar denodadamente contra organismos oficiales y costumbres locales, padeciendo toda suerte de tribulaciones y sin lograr un solo avance, se marchaba de vuelta con su iniciativa para su país.

  3. La Planificación estratégica de subv., y la programación de los presupuestos por objetivos debería enmendar la plana…, lastima que el Director General de turno seguirá resumiendo su gestión preguntando «Cuanto hemos gastado», no «Cómo se gasta, en quién,»… pendiente de ejecutar el 100% del gasto…

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