Este Blog, cómo no, es un lugar en el que se estudian aspectos relacionados con la administración local y el mundo del derecho local en sus aspectos teóricos y prácticos. Pero también en el que se comparte con colegas el día a día, a veces gratificante, a veces exquisito y a veces bastante chusco.

Como he relatado en alguna otra ocasión mi puesto como funcionario con habilitación de carácter nacional (FHN)  está en un municipio de aproximadamente 1500 habitantes. En esta ocasión he de referirme a la soledad que el Secretario-Interventor-Tesorero (Uno y Trino) puede sentir en bastantes ocasiones. El FHN en un pequeño municipio es un todoterreno, en términos automovilísticos, un SUV (Sport Utility Vehicle o todo-camino). Corremos peligrosos rallyes sin asistencias técnicas. Se debe estar preparado para transitar por carreteras buenas, malas y regulares, autopistas y caminos vecinales. Ha de disponer mentalmente de una pequeña y siempre imperfecta enciclopedia práctica, ha de saber un poco de aquí, un poco de allá y en fin, un poco de todo para que si mete la pata no lo sea excesivamente, porque meter la pata la meterá. Puede estar muy preparado académicamente pero ese conocimiento puede ser verdaderamente difícil aplicarlo en ocasiones al caso concreto. Por otra parte, desgraciadamente, los problemas no suelen ser compartidos con nadie. Y obviamente surgen dudas metódicas, dudas a veces de cosas obvias que piensa que no debería tener; a veces la mente se queda en blanco y se queda uno con la cara de idiota. Eso produce un elemental desgaste para el precario mantenimiento de una mínima autoestima y seguridad en uno mismo. Pero los temas, mal o bien,  tienen que salir adelante, los plazos corren, la ley agobia –dura lex, sed lex– y hay que finalizar las cosas. Y ahí es donde voy.

No sé si a muchos de mis compañeros que puedan leer estas líneas les puede pasar lo mismo,  pero en mi caso y en ocasiones, los expedientes se enquistan y por diversas razones se quedan encima de la mesa y no avanzan, y lo que es peor, no finalizan.  Y eso no deja ninguna buena sensación. Analicemos someramente factores que influyen para que los expedientes se agarren como garrapatas a la mesa y no acaben puntualmente en el archivo:

Uno. Nuestro sistema local atribuyó a los Alcaldes funciones de gobierno y dirección de los asuntos municipales. Ello implica que debe existir un “impulso de dirección” que, a veces,  es escaso. A muchos Alcaldes no les importa demasiado que determinados asuntos prosigan hasta la finalización. Son en muchas ocasiones temas de mera legalidad administrativa  pero que carece de trascendencia ad extra. Así que el expediente queda moribundo, agónico, que no muerto del todo, por consunción en su sentido de extenuación.

Dos. Un segundo factor es que los ciudadanos se muestran en bastante ocasiones díscolos y muy poco colaboradores: se les requiere para que presenten documentación y no lo hacen y así, el expediente se queda en espera per saecula saeculorm (amén) a pesar de lo que diga la ley. Resolver y notificar  que se le tiene por desistido es un poco fuerte por lo que se va esperando…  A la larga hay que (o habría que) empezar a formalizar expedientes para declarar la caducidad, notificación, tres meses y nueva notificación. Pero ¿a quién le importa que un expediente esté muerto  en un cajón o se declare caducado? De hecho en ocasiones es obvio que mucho listo  “nos da la vuelta” dados los escasos medios con que contamos. En el caso de una licencia de obras, se requiere al ciudadano para que aporte determinada documentación y no lo hace. Pero pasa el tiempo, uno se olvida, ya lo presentará,  y al cabo, uno se da cuenta de que una obra puede estar terminada quizás por obra (nunca mejor dicho)  y gracia del Espíritu Santo o quizás, con mucha más probabilidad porque el interfecto se da cabal cuenta de nuestras limitaciones y tira palante con cierta confianza en que no pasará nada. No le suena que en el pueblo haya sido nadie sancionado por algo parecido hacer una obra con extralimitación de los términos de la licencia  por ejemplo.  Así que existen obras sin licencia que quedan amparadas en la mayoría de los casos por el instituto de la prescripción al no existir posibilidad a posteriori de actuar desde el punto de vista del derecho sancionador,  no sólo para imponer una multa sino tampoco para reponer la realidad física a su estado.

Tres. Y un tercer factor –ya se ha comentado por mí y por otros en este Blog-  es que nuestro derecho en mi modesta opinión,  es extremadamente garantista. Ciertamente debe serlo, estamos en un estado de derecho, pero cierto es también que el pillo aprovecha cualquier recoveco para airear tus vergüenzas y pasar olímpicamente de la incómoda norma, cuyo cumplimiento le supone tiempo, esfuerzo y casi siempre dinero.

Dicho lo cual hay que concluir que hay que empeñarse en bastantes ocasiones en dejar formalizado un expediente en condiciones. Se trata de un esfuerzo o acto de voluntad puro, cuyo único objetivo es tener la conciencia tranquila y archivar los papeles. Es como ver un cuadro torcido y tener la imparable necesidad de enderezarlo. Vaya final ‘gratificante’ ¿no?

Así es la cosa, bienvenidos  al Club de los Expedientes Muertos.

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