El concepto de Directivo Público Profesional (DPP) está tan manoseado últimamente que es difícil saber a qué nos estamos refiriendo cuando aludimos a dicha figura. La gente que sabe de verdad, como Rafa Jiménez Asensio, ya lo han dejado claro en alguna que otra ocasión al referirse a ésta como «una institución que cumple un doble rol: servir eficientemente al Gobierno para realizar una mejor gestión pública de sus propios asuntos y, en paralelo, reducir los espacios de discrecionalidad política y reforzar la objetividad e imparcialidad creando un núcleo estratégico capaz de llevar a cabo una interlocución efectiva recíproca y de retroalimentación entre el Gobierno y la Administración (Política y Gestión)»[1].

Sin comentarios.

No obstante, hace falta aterrizar el concepto para saber realmente qué representa y cómo se incardina en la vida y milagros de nuestros trabajadores públicos, de ahí que yo me haya atrevido a formular esta pequeña definición que contempla, como no podría ser de otra forma, una visión personal y profesional de los hechos, fundamental si queremos mantener el equilibro de la figura: «La Dirección Pública Profesional es un proceso más que un destino, que permite mantener intacta nuestra vocación de servicio público mientras nos realizamos personal y profesionalmente».

Pero ¿con qué debe contar el Directivo Público Profesional para comenzar su andadura?, ¿qué elementos debe meter en su mochila para empezar con buen pie?, ¿qué le va a hacer falta desde un primer momento? Pues a mi modo de ver, solo tres cuestiones trascendentales deberían ser necesarias para desarrollar su trabajo, más allá de que luego deban ir acompañadas de un conjunto de habilidades y competencias que han sido perfectamente identificadas por la Asociación de Dirección Pública Profesional de España y descritas en su Modelo certificado HEAD – Habilidades Esenciales de Alta Dirección – y que son: la conducta ética, la gobernanza y estrategia, el liderazgo e innovación, la creación y gestión de equipos, la orientación a resultados, la comunicación y transparencia, y la gestión de Recursos públicos.

Volviendo al tema que nos ocupa, en primer lugar, yo situaría en la mochila del Directivo Público Profesional la visión estratégica, pero ojo, sin confundir en ningún momento planificación y estrategia, que ya nos conocemos. Releeros si no os importa esta estrada de Xavier Marcet muy clarificadora, donde nos dice que «La estrategia es escoger las mejores opciones y focalizarse en ellas. La planificación es el orden, la lógica que se establece de prospectiva, logística y recursos para poner la estrategia en acción. No son lo mismo. La estrategia nos dice dónde los trenes deben ir. La planificación procura que sean puntuales»[2]. Esa visión estratégica es la que le va a permitir al DPP otear el horizonte con mejor perspectiva, desarrollar proyectos complejos aun con pocos recursos, e impulsar una cultura organizativa fuerte basada en principios y valores más que en humo.

Una verdadera visión estratégica debe permitir también al DPP conjugar y alinear estrategia política con estrategia de gestión, que tampoco son lo mismo, siendo capaz, además, de seducir al resto de compañeros para que le acompañen. Y esto, señores y señoras, en mi pueblo se llama liderazgo, lo miremos por donde lo miremos.  

El segundo elemento que el Directivo Público Profesional deberá desempolvar será su capacidad para gestionar el caos, los tiempos líquidos, la incertidumbre. Porque no nos engañemos tampoco, la aceleración permanente con la que se vive en las organizaciones – y por qué no decirlo, en la vida en general – no es un rasgo puntual y coyuntural de este momento, sino que podríamos considerarlo como la mayor de las patologías del s. XXI.

Impulsar cambios transformadores, sentar las bases de proyectos de cambio y liderar procesos internos es difícil por sí mismo, pero más aún cuando el escenario se tambalea a menudo y nada parece ser estable ni tener continuidad. Así no, de esta forma no se puede. Por eso, los DPP deben aportar serenidad ante la incertidumbre, sentido común ante las decisiones precipitadas y mucho conocimiento técnico para ser capaces de distinguir los verdaderos problemas de los retos puntuales. Saber navegar en aguas turbulentas sin marearse será una habilidad imprescindible para nuestros Directivos Públicos Profesionales

Y finalmente, quizá la más importante de las capacidades personales que deberá desarrollar el DPP sea la de establecer vínculos permanentes con otras organizaciones y personas que le permitan aprender de los mejores y conocer experiencias de auténtico éxito que sirvan de espejo para todos los trabajadores e impriman un carácter fuerte y resistente en el conjunto de la organización. Hablamos, cómo no, de networking, de buscar sinergias interesantes que te refuercen internamente, de atraer talento a nuestras Administraciones e impedir que se vaya a otras, de hacer benchmarking, de fomentar las alianzas, de desarrollar pactos, de colaborar. Porque en un mundo tan globalizado como en el que nos movemos, es fundamental ser capaz de establecer vínculos cercanos, alianzas próximas y conexiones estrechas.

En un momento en el que todo fluye y casi desaparece en un abrir y cerrar de ojos, marcarán la diferencia aquellas organizaciones y personas que puedan hacer del cambio su modo de vida y de la incertidumbre su razón de ser.


[1] Entrada en el Blog de Rafa Jiménez Asensio – La Mirada Institucional – de fecha 11 de junio de 2020, que se puede consultar aquí: https://rafaeljimenezasensio.com/2020/11/06/por-que-profesionalizar-la-direccion-publica/

[2] Entrada en el Blog de Xavier Marcet de fecha 28 de mayo de 2010, y que se puede consultar aquí: https://xaviermarcet.com/2010/05/28/no-es-lo-mismo-planificacion-que/

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